martes, 3 de junio de 2014

Violencia y derechos

El once de noviembre del año pasado un diputado se dirigió así a un banquero, y el día trece un diario reaccionó así ante lo sucedido. El diputado era David Fernández, de la CUP, el banquero era Rodrigo Rato, que comparecía por su gestión al frente de Bankia, el diario era El País y su editorial se titulaba "Matonismo".

Hasta aquí los hechos. Lo que sigue es opinión.

Matón es aquella persona violenta que busca intimidar a los demás. ¿Es violencia blandir una sandalia y llamar "gángster" a Rodrigo Rato? ¿Es intimidar preguntarle al banquero si "tiene miedo"? Pues quizás sí. Pero, en todo caso, plantea preguntas interesantes sobre lo que es el miedo y lo que es la violencia.

Violencia y miedo, diría, son los materiales mismos de los que está hecha esta "crisis". Miedo a suspender una asignatura que no puedas pagar de nuevo y a quedarte sin carrera, miedo a que te paren por tener el color de piel que no debes y a que te encierren dos meses por no tener un trozo de papel que te acredita como persona, miedo a que te echen de tu trabajo, miedo a recibir una llamada del banco porque no pudiste hacer frente a las últimos dos o tres cuotas de tu hipoteca, miedo a que tu pensión no crezca al mismo ritmo que el precio de lo que comes; y miedo, claro, a que un diputado te falte al honor en el Parlament.

Violencia, supongo, es que esos miedos se concreten. Violencia es que efectivamente te llamen "gángster" o "élite carroñera", violencia es que te golpeen por manifestarte. Y un poco más sutil, aunque ya tan obvio: violencia es ser uno de cada dos jóvenes sin perspectiva de empleo, violencia es ser una de esas 2300 personas a las que cada día dejan sin cobertura sanitaria o una de esas 180 familias que desahucian cada día.

Pero violencia, sobre todo, es que además de sufrir todo esto te lo afeen; y aquí es donde llegamos a la parte más interesante de la violencia: la violencia que no se ve. La violencia, por ejemplo, de decir que el machismo es biológico, que la crisis es sistémica o, más en general, que las violencias anteriores son necesarias.

Yo creo que ninguna violencia en particular es necesaria, pero que algo de violencia es imprescindible. 

Quien se escandalice de esta afirmación olvida de dónde venimos y cómo se consiguieron sus derechos o sus privilegios. Se trata de un olvido normal, por otra parte, siguiendo la máxima de que damos por natural lo que no vemos cambiar. Si la violencia física, a la propiedad o al honor nos parece la línea divisoria entre la civilización y la barbarie es sólo porque estamos acostumbrados a dar por sentadas otras violencias.

Por el punto de equilibrio entre las violencias que se ven y las que no conoce uno el tipo de sociedad en la que vive.

Puede que siga habiendo lectores escandalizados, y puede que den entonces por bueno un pensamiento que quiso colocar un derecho allí donde se podía producir una violencia. Derecho a la propiedad privada donde podían quitarte tus posesiones. Derecho al honor allí donde podían insultarte. Derecho a la integridad física allí donde podían agredirte. Derecho a la igualdad ante la ley allí donde se temían los favoritismos. Derecho al trabajo donde se temía a la indigencia. Derecho a la educación donde se temía a la ignorancia. Derecho a la participación política activa donde se temía el atropello de los gobernantes. Derechos, derechos, derechos. Derechos por todas partes; trincheras frente a la violencia. Derechos todos ellos constitucionales, "sagrados", en este país. Sagrados todos, claro, pero muchos, los de siempre, son también papel mojado.

Yo cada vez dudo más de un mundo sin violencia alguna, y más aún de que se puedan defender todos estos derechos a la vez. Lo que en cambio tengo muy claro es que uno elige sus trincheras por el frente que defiende, que uno se define política y vitalmente por los derechos en los que se enroca.

No creo que haya punto de encuentro entre el que blande la sandalia y el que estafa con preferentes, pero sí sé cuál es mi campo.

Que cada cual elija el suyo.

La Constitución que entre todos nos dimos

Vamos a hacer números otra vez.

Echo mano del INE y me pongo a buscar españoles mayores de edad: los nacidos entre junio de 1996 y 1902 suman 34.611.247. De estos, el 6 de diciembre de 1978 eran mayores de 18 años todos los nacidos antes de 1961: 14.532.450.

Dicho de otra manera, la Constitución la pudieron votar 42% de los actuales electores españoles. Y eso que la participación fue del 67,11%, lo que de hecho significa que sólo 28,2% de los actuales electores votaron efectivamente nuestra Constitución. Si además contamos con que 11,46% de esos votantes lo hicieron por el no o votaron en blanco, resulta que a favor de la Constitución del 78 sólo votaron 24,95% de nuestros electores.

Es decir, y termino, que 6 de cada 10 electores españoles actuales no tuvieron nunca la ocasión de opinar sobre nuestra Constitución; que 7 de cada 10 de hecho no la votó; y que 3 de cada 4 no votó a su favor.

Pensemos en ello cuando nos hablen de la-constitución-que-nos-dimos-entre-todos.